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2016;  by Hubert Weber ©
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No es bueno caerse de improviso en una bodega si se quiere recorrerla a fondo.
Nada
de vi luz y subí si se respeta el  trabajo y los tiempos de su mini mundo. Los tiempos. El tiempo. Tic-tac.
La
estación de la Ruta del Vino esta vez es Bodega Weinert.
Tomamos contacto pre
vio. Cita a las 10 de la mañana. Y uno, que tiene acendrado hábito de llegar a tiempo, de respetar el tiempo de los demás, suma a su manía puntualística un dato clave: la cita es con un suizo. Tic-tac.
Mientras
transita la luminosa mañana mendocina, se felicita porque además de ahorrarse el madrugón, una vez más, no creyó en el cumplimiento de los horarios de las líneas aéreas, viajó el día anterior y ya amaneció en Mendoza.
09:59  imagen real de la casona que reproducen las etiquetas. Tic-tac.
Las
10 han dado y sereno, y está el suizo Hubert Weber esperándonos. Sincronismo. Precisión cronométrica.

PRIMERA SORPRESA

Jugando
de local, no es el casi adusto señor trajeado que había conocido poco tiempo atrás en La Bourgogne, cuando junto a Don Bernardo Weinert presentaron las novedades de la bodega, ni el puntilloso especialista que habló de sus cosechas tardías en Cuisine & Vins Expo 2000.
Con impecable
remera blanca, aunque tiene las mismas -muchas- canas, mostrando con orgullo los ámbitos donde vive y trabaja, se va mostrando a sí mismo.
Se mueve cómodo
y sonríe con la boca y con los ojos hasta revelar cuan joven es. Hubert Weber tiene 31 años. Y todos los sueños por cumplir.
El empresario Weinert le ha confiado la continuación de la tarea que desde el comienzo y durante muchos años, supo de los afanes de Don Raúl de la Mota. Le ha dado consignas para continuar con la filosofía de elaboración de los tintos y "no tocarlos, salvo que se puedan mejorar". "Tenemos que hacer vinos de 10. No nos conformamos con 9 ni con 8", traduce.
Despu
és de hacer vinos blancos en Suiza, sé que en Mendoza podemos.

SEGUNDA SORPRESA

Hubert Weber será suizo, pero no es neutral. Todo lo contrario. Se compromete, a fondo, apasionadamente. Y es tan sentimental, que en una pared de su despacho, pequeña y ascética oficina sin ventanas, sólo con vista al laboratorio, tiene el diplomita de una competencia de catadores de la que participó a los 19 años en su Suiza natal, en la que, de la mano de Lidia Zuberbuhler, al tiempo que era seleccionado entre los mejores. conoció - y se enamoró- del Cavas de Weinert 85. Lo cuenta, muestra que se le pone la piel de gallina con la evocación y ante una curiosidad de Horacio Sánchez, confiesa que ése sería el vino que elegiría si fuera el último que pudiese tomar.

POLÍGLOTA TOTAL

Tercera no tan sorpresa. En el 96 cambió los Alpes por los Andes. A los tres meses, empezó a champurrar el español con su alemán, francés, e italiano. Ahora domina el mendocino básico. Ya se siente con derecho -¡que bien lo tiene!- a condenar la erradicación de viñedos en aras de la urbanización o lo que fuera. Ya tiene carta de ciudadanía para condenar que se arranquen viñedos de cien años para construir un barrio. Ya siente el lugar y sus problemas como propios. Algo especial deben tener Mendoza y las mendocinas, porque, como ha ocurrido con muchos enólogos extranjeros, el suizo pronto casóse con la local María Esther Vázquez (que por una premonitoria vocación se había dedicado al estudio de la lengua en que Goethe escribió Las afinidades electivas). Juntos, en la casita que habitan al costado de la casa patronal, crían a un chiquitín seductor. Benjamín, el hijo amado, el hijo de la suerte, familiariza su oído con un potpurrí idiomático que lo hace aún más delicioso.

EN MARCHA

Y siguen las sorpresas. Con dos copas, un balde, tubo aspirante y un paño (porque la prolijidad suiza no dejará la huella de una sola gota de vino), nos adentramos en los espaciosos ámbitos de esa construcción de 1893 que Bernardo Weinert compró al Dr. Fontán en estado de abandono y fue restaurada en 1976. Empezada a restaurar, habría que decir, porque la tarea continúa. Han descubierto los antiguos techos de caña típicos, en un sector, y planean unificarlos en el resto de las naves.


La entrada al sector de vasijas, símbolo de sus vinos clásicos, está presidida por decorado tonel hecho en Mendoza por un tonelero esloveno. Allí está el espíritu Weinert. Hubert Weber, egresado de la Universidad de Wádenswil, con varios años de experiencia previa en bodegas de Francia y Suiza, con gesto abarcativo hace un comentario que nos hace acordar de la famosa porción de los ángeles de Cognac porque revela que tiene registrada una evaporación de veinte mil litros por año.
Eufórico visitante canadiense de recorrida por la bodega que ha pedido probar el Malbec 77, explica que venía buscándolo, desde que lo descubrió en el free shop del aeropuerto de Taiwan. Lo ha probado, y es como si se hubiese reencontrado con un amor ausente. Las sonrisas en la boca y en los ojos del enólogo se hacen anchas. "Nuestros vinos son siempre el mismo vino. El que él descubrió tan lejos, es el mismísimo que probó aquí. Nunca hemos elaborado pensando en determinado mercado, sino en nuestra filosofía tradicional, unidireccionada hacia el vino premium que buscamos", dirá como justificando los vehementes elogios del visitante.


Vistazo codicioso por las estibas de la reserva de Don Bernardo Weinert, donde descansan las estrellas: el Malbec 77, en cuya personalidad mucho tuvo que ver el también suizo Jean Crettenand, el Cabernet Sauvignon Estrella 79, el Cavas 94 y el Cabernet Sauvignon Estrella 94 de la era delamotiana. Y continuamos con nuestro singular equipaje en la recorrida.

COPA A COPA

Queremos ver, curiosear, detectar en paladar propio lo que hay de nuevo. Lo que aún nadie conoce. Lo que usted podrá descubrir dentro de meses (o de años).
La primera experiencia es con el Carrascal blanco 2000. Tiene un 85% de Sauvignon y el 15 restante de Chenin. Está casi listo. "Tiene mucha fruta", dirá uno. "Y alegría", completará él.
En el Chardonnay 2000, que no ha tocado la madera, se aprecia concentración y es "minerálico", dice para destacar que aparecen toques minerales. Es un vino más serio.
El nuevo Montfleury tiene cuerpo, presencia. Es el rosado de siempre, pero con un toque suizo: al Cabernet y al Malbec, Weber le ha agregado un toque, apenas una pizca de Gamay que refuerza su tono floral.
Al Merlot 2000, más complejo que típico, y que seguramente utilizará para el Cavas, Hubert le asigna el calificativo de "flatteur". Su elegancia y fineza son lisonjeras, halagadoras.

El Cabernet Sauvignon 2000, que también tiene destino de Cavas, es sorprendentemente suave, tiene taninos abundantes, que le asegurarán protección. Revela chocolate y pimienta negra.
Cuando llegamos al Malbec 2000, Hubert se entusiasmará e inventará otra palabra: es un "malbecote" exclamará para expresar que es un contundente Malbec, complejo, con presencia de miel, rosas y especias, de un color intenso, intensísimo. "Si tengo suerte, será un estrella. Si tengo suerte, si encuentro el tonel ideal para criarlo y él hace lo suyo. Tiene aptitudes. Es todavía como un nene, que tiene que estudiar matemáticas, trabajar en sí mismo, y puede llegar a convertirse en un Einstein". La metáfora lo embala: "es fascinante seguirlos, acompañarlos hasta ver dónde llegan...".

UNA PAUSA Y VOLVEMOS

 

Un llamado telefónico marca un alto. Viene bien para catalizar novedades. Cuando vuelve, Hubert comenta que era una comunicación de Estados Unidos, de la revista Wine Spirits que le anuncia la visita de un periodista que quiere ir a la finca de el Hoyo de Epuyén, el nuevo em-prendimiento de la bodega en el sur-sur. Casi travieso, confiesa con regocijo: "estamos haciendo mucho revuelo". Es un proyecto -ya más que eso- en el que se involucra con decisión. Sabe que podrá hacer mucho de nuevo, apelar a la innovación. Desarrollarse como enólogo con el fruto de esas plantaciones ya hechas de Merlot, Pinot Noir, Riesling y Gewürztraminer, que empezará a elaborar en 2003 y que pondrá en juego sus conocimientos como destilador cuando empiecen a hacer allí, en la capital de la fruta fina, aguardientes inéditos en nuestro país.

Continúa el prolijo rito. Hubert sirve en nuestras copas del Malbec DOC 96. Hace muy poquito que ha hecho el corte de los mejores Malbec que han pasado por madera. "Hasta mayo, cada uno era general y dominaba en su barco. Ahora, todos juntos, tienen que armonizar, aprender a convivir, demostrar sus cualidades, aceptar influencias y reconocer superioridades", dice como con aire de broma, resignado a esperarlo.



El próximo Carrascal será el 98. También ha hecho recientemente el corte clásico de Malbec, Cabernet y Merlot. Lo pone contento y lo traduce: "es más alegre que el 97".

Hablando de los vinos dulces, que aún no ha envasado (ver pág. 10), volvemos hacia la Cava. Sin comentarios, nos hace probar un Merlot 99. Escudriña los gestos. Espera mi reacción. El contenido del tonel 117 provoca asombro. Recién entonces revela que es muy probable que se convierta en un etoile. Ya está más cerca de ello que el "malbecote" que tantas expectativas le suscitan.

 



LOS LOGROS Y LAS ESTRELLAS

Dejamos la degustación. Nos permite elegir el vino que ahora vamos a tomar, ya en plan hedonista, con el almuerzo. No nos andamos con chiquitas y partimos hacia la casa patronal portando un Malbec Estrella 77, que, sin etiquetar, como en silencio, nos está esperando. Olorcito conmovedor a comida casera. El enólogo Weber descorcha el vino. Papá Hubert da una vueltita para ver a la flía. María Ester no ha ido a la facultad donde estudia letras. Benjamín dice papa y uno no sabe si se refiere a papá o a la comidita a la que le hace fiestas porque tiene hambre. Frente a un reloj de péndulo, mueve la cabecita siguiéndole el movimiento. Tic-tac.

En el gigantesco ambiente de recepción de la casona, tras la enorme ventana que se asoma a las rosas de Selma Weinert, hay calor de hogar.
Y ningún cenicero, porque
nadie fuma por esas latitudes. Hay verduras frescas recién llegadas. Una ensalada de tomates cortados en rodajas de esas que a uno le ratifican que ha vuelto a Mendoza. Y un locro de verano como el de mi mamá, con el que el Malbec Estrella casa de maravillas. ¡Qué curioso! Aunque uno piense que un locro podría quedarle chico a semejante vino, recordé que, cuando recién salió,
la genial Ada Concaro, en su To
mo I de Las Heras, nos lo presentó a un grupo de privilegiados acompañado de un locro con tutti y que, por esa época, a todos nos parecía cosa de fantasía que un vino saliese de bodega a 27 dólares, cifra que, por entonces, en épocas precavallísticas, pre revolución de los vinos argentinos, sonaba sideral. En esta época ya no vale eso, porque el tiempo transcurrido se ha capitalizado. Y sigue estando. Vivito y coleando. Como otros hallazgos que hicimos en nuestra recorrida.

WEINERT Vinos experimentales

La primicia total fue vivida
en
la Expo 2000. Don Bernardo Weinert, es enemigo del anquilosamiento. Simultáneamente con las experiencias con el nuevo Miscelánea y el propósito de establecer una nueva bodega en Epuyén, en Chubut, a 15 kilómetros de El Bolsón, a los 68 años, como piensa que "alguien tiene que abrir nuevos caminos", tiene proyectos. Unos más secretos que otros. Entre los secretos, está la producción de aguardientes sureños aprovechan­do que su nuevo asentamiento está en la capital de la fruta fina.
Entre los otros, ya es con
creta la elaboración de dos vinos dulces. Mejor dicho: un vino dulce y otro dulcísimo, que presentó junto a su enólogo suizo Hubert Weber. Por ahora, se llaman Cosecha de Otoño 1999 (el que tiene 80 gramos de azúcar) y Cosecha de Otoño 2000 (que llega a los 240 gramos de azúcar). Los dos de cosecha tardía, los dos de Sauvignon Blanc, los dos super amables, pero diametralmente distintos entre sí. íl 99 es amarillo dorado, el 2000, ámbar casi dorado. Uno tiene aromas frutales y florales frescos. El otro, impacta con nariz y boca espectacularmente diferente, con casi palpable presencia de frutos secos. Cada cual en su estilo gusta. Y le gustan tanto al propio Weinert, que es posible que, superada la etapa experimental, y aunque en producciones minimalistas, leguen al mercado los dos. Conviene estar atentos.